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 JAMES DEAN (POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS)

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MensajeTema: JAMES DEAN (POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS)   Lun 14 Abr 2008, 1:03 pm



LOS GENIOS de promoción de la Warner no lo habrían planeado mejor. El objetivo no era sencillo: vender la imagen de James Dean, un ídolo juvenil en ciernes pero con un futuro limitado por su gran espíritu de autodestrucción. El destino brindó la solución más imaginativa, incluso con unas gotas de grandeza épica, un accidente de tráfico. No uno más, sino el más famoso de la historia. ¿La fecha? La ideal, el 30 de septiembre de 1955, cuatro días antes del estreno de Rebelde sin causa.
"Dean murió en el momento justo y dejó una leyenda tras de sí", comentó Humphrey Bogart al conocer la triste noticia. "De haber vivido, jamás habría podido estar a la altura de su publicidad". Un diagnóstico certero pero paradójico, porque no certificaba el fin de una carrera brillante sino su comienzo. Sí, aunque cueste creerlo, en el momento de morir, James Dean había estrenado una sola película, Al este del Edén; si no se cuentan las dos o tres en la que había salido como extra.

¿Qué misterio encierra pues el fenómeno de que un actor se convierta en un mito mundial con tres películas (la tercera, Gigante, con un papel de reparto), dos de ellas estrenadas después de su muerte, que le valieron sendas candidaturas póstumas al Oscar? La respuesta es que supo reflejar en la pantalla, mejor que nadie hasta entonces, ese profundo sentimiento de confusión, angustia, soledad y miedo que marca la adolescencia. Esta explicación, que es la que suele darse, no justificaría por sí misma el milagro.

Los quinceañeros, como grupo diferenciado, no surgieron en EEUU y, por extensión, en el mundo, hasta el final de la II Guerra Mundial. No es casual que el mito Dean coincidiera con el nacimiento del rock'n'roll. Por primera vez, los más jóvenes, recién abandonada la niñez, no tenían que preocuparse de cubrir sus mínimos vitales de supervivencia y podían plantearse si les gustaba el mundo que les rodeaba y qué hacer con sus vidas.

Fue la primera generación de adolescentes que disfrutaba de coche, televisor, habitación propia y de todos los bienes materiales que sus padres y abuelos jamás soñaron. Sobre todo, tiempo libre y una capacidad económica desconocida a su edad. Sólo tenían motivos para estar agradecidos a sus familias y a la sociedad, y, en cambio, las despreciaban. Se sentían traicionados y huérfanos de afectos y valores, y les embargaba una rabia que ni ellos mismos sabían explicar.



James Dean no dio respuestas, tampoco las tenía para él mismo, pero sublimó esa incertidumbre en la pantalla, haciendo del rebelde un antihéroe romántico, con el que se identificaron millones de adolescentes. La misma dificultad de expresarse con palabras, una torpeza similar para integrarse en sociedad, idéntica incomunicación con los padres, un temor semejante al despertar sexual y un deseo compartido de mantenerse diferente pero con una necesidad imperiosa de ser aceptado y querido.

Eso no hubiera bastado sin una muerte oportuna que congeló en el tiempo su imagen de adolescente airado (aunque tenía 24 años). Nunca envejecerá, será siempre tan joven como cada nueva generación de quinceañeros. En palabras del guionista Joaquín Oristrell: "El drama y la grandeza del cine es que las personas que nos dedicamos a ello, críticos incluidos, cumplimos años, y el público siempre tiene 20".

LA TRAGEDIA de James Byron Dean, nacido el 8 de febrero de 1931 en Marion (Indiana), fue que su reloj emocional se detuvo cuando tenía nueve años, el 14 de julio de 1940, día que murió su madre de cáncer. Winton Dean, su padre, había tenido que casarse con Mildred Wilson, su madre, al quedarse embarazada y jamás encajó que ese imprevisto alterara el rumbo de su existencia. Así que en cuanto murió su esposa, trazó un futuro en el que no había lugar para su hijo.

Winton Dean, técnico dentista, se quedó en Los Ángeles, ciudad a la que se había trasladado la familia cuando James tenía seis años, y le envió a Fairmount (Indiana), para que se criara en la granja de sus tíos. El chaval hizo el triste viaje en tren, con su abuela y el ataúd de su madre, que fue enterrada en el vecino pueblo de Marion. Su padre no se tomó la molestia de acompañarle en un trance tan doloroso ni de asistir al sepelio de su esposa. A esa doble orfandad de hecho en la que resultó la desaparición de su madre, única y última persona en la que jamás confió, se unió el choque de un nuevo tipo de vida ajeno a su experiencia anterior. Su madre, que compensaba con él su frustración conyugal, le había aproximado al mundo del arte y la cultura. Estudió violín y ballet, dos actividades que le gustaban mucho pero que, unidas a la sobreprotección materna, le habían aislado del resto de chicos de su misma edad.

EL CAMBIO fue enorme. De Los Ángeles saltó a Fairmount, pueblo del medio Oeste, con menos de 3.000 habitantes, que parecía sacado de una ilustración de Norman Rockwell, el celebrado cronista gráfico de la América rural de la época. Las clases de música y danza fueron sustituidas por alimentar a los cerdos, sembrar el maíz, ordeñar a las vacas, arar con el tractor y realizar todas las labores propias de la granja de sus tíos, Marcus y Hortense Winslow.

Para completar el cuadro hay que añadir que Indiana está situada en la zona de EEUU barrida por los violentos tornados que retrataba la película Twister. Dean no dejó de ser ya un solitario pero hizo todo lo posible por adaptarse al nuevo medio, superando incluso su miopía, que, como a Marilyn Monroe, también corta de vista, le impedía ver sin gafas pero añadía un toque magnético a su mirada. Sus problemas visuales añadían, además, peligro a su modo de conducir, de por sí ya arriesgado. Su naturaleza delicada no le impidió formar parte de los equipos de baloncesto, béisbol y atletismo de su instituto. Él se consideraba "enanejo" pero en realidad medía 5 pies y 8 pulgadas (algo más según la publicidad de su estudio) o sea 1,72 metros, estatura no excesiva en su país. No fue el deporte, sin embargo, lo que marcó sus años de formación sino su encuentro crucial con el reverendo James A. De Weerd, que le ayudó a ser actor.

De Weerd, que ofició su entierro años más tarde, era un héroe de guerra y un hombre de mundo. En resumen, una figura inusual en el ambiente provinciano de Fairmount, que se dio cuenta muy pronto del potencial del joven Dean. Guió sus lecturas, le animó a escribir y le descubrió el placer de la música clásica. No sólo fue su puente con el universo del arte del que se había alejado al morir su madre, sino que le abrió una ventana para que viera lo que ocurría fuera del pueblo.



Le llevaba a Indianápolis, capital del Estado, a visitar museos y a ver las famosas carreras que allí se celebran. Le presentó a algún piloto y avivó su pasión por los coches y la velocidad (ya era conocido en Fairmount por su afición a las motos). Le pasaba, también, películas caseras de sus viajes, de lugares exóticos y de corridas de toros a las que había asistido en México. Estas últimas causaron una impresión tan imperecedera en el muchacho que fueron una obsesión hasta su muerte. Dean tenía una gran curiosidad por todo, le apasionaban las novedades pero se cansaba enseguida de ellas. En cambio, los toros fueron una de las raras aficiones que no abandonó. Las referencias a lo taurino son frecuentes en sus biografías. Desde la capa que decoraba su apartamento, al ejemplar de Los toros de José María de Cossio que conservaba como un tesoro (junto a El principito, su libro preferido) y los recuerdos de sus novias de cómo se divertían practicando toreo de salón.

Algunos biógrafos sostienen que De Weerd inició también al actor en el sexo homosexual. El hecho de que el reverendo prefiriera la compañía de muchachos parece avalarlo pero nadie ha podido probarlo. Tampoco que Dean se ganara en Hollywood el apodo de cenicero humano porque iba a clubes gays para que apagasen cigarrillos en su pecho. Ni siquiera está claro que la foto porno que le atribuyen, de un hombre desnudo masturbándose, sea suya. Un caso similar al supuesto filme porno de Marilyn.


PARECE probable que nada más llegar a Los Ángeles (adonde retornó en 1949, al acabar el instituto), fuera con homosexuales a cambio de favores. Lo que llamaba con ironía "cupones gratis de comida". También es incuestionable que la mayoría de sus amigos (Jonathan Gilmore, Jack Simmons, Sal Mineo, Tab Hunter, Nick Adams) eran gays y que convivió con alguno. Pero, sobre todo, que su carrera logró despegar gracias a su relación con Roger Brackett. Quince años mayor que él, Brackett, hijo de un productor, había sido ayudante de David O. Selznick y trabajado para la Disney. Un auténtico retoño de Hollywood, con excelentes contactos en la industria y en los círculos teatrales de Nueva York. Por eso, al comprobar que la carrera de su protegido no acababa de arrancar, le aconsejó que le acompañara a la ciudad de los rascacielos en el otoño de 1951. Fue allí donde Dean se forjó una reputación haciendo teatro, publicidad y televisión. Ingresó en el Actor's Studio, la escuela taller fundada por Lee Strasberg y Elia Kazan, en la que se han formado los actores más respetados de América, pero casi no asistió a ella. La razón estaba clara. La técnica pedagógica del Studio se basa en la crítica colectiva de los ejercicios de sus miembros y Dean jamás supo aceptar una crítica. Ni siquiera viniendo de sus dos grandes ídolos, Marlon Brando y Montgomery Clift, ambos del Actor's Studio.

Los idolatraba hasta el punto de llamarles continuamente por teléfono y de añadir sus nombres al suyo propio cuando firmaba. Tanta admiración no fue correspondida. Clift temía que si se le relacionaba con alguien tan escandaloso, la prensa podría cuestionarse el tema tabú de sus atormentadas tendencias homosexuales. En cuanto a Brando, que hacía gala de su bisexualidad, le consideraba un tipo muy enfermo y varias veces recomendó a amigos comunes que debía ir a un psiquiatra.

NO FUE FÁCIL ser amigo de James Dean. Todos los que le trataron estaban de acuerdo. Adoraba la notoriedad, sólo se sentía a gusto cuando era el centro de atención y se relacionaba con las personas por lo que éstas le ofrecían, correspondiendo rara vez al apoyo que le brindaban. Imploraba cariño y protección pero la muerte de su madre le marcó tanto que no se fiaba de nadie y el pánico al rechazo no le permitía comprometerse por mucho tiempo con los que le tendían su mano.



Su trato con las mujeres no fue diferente. En muchas inspiró sentimientos maternales como Julie Harris, su pareja en Al este del Edén, y Elizabeth Taylor, que sufrió una crisis nerviosa cuando supo que había muerto. Tuvo también romances con la bailarina Elizabeth Dizzy Sheridan y con la actriz Pier Angeli, su gran amor, pero ambas rechazaron sus proposiciones de boda; lo que le lanzó a brazos tan dulces como los de Ursula Andress.

En el cine tuvo más suerte. Lo descubrió Elia Kazan (el mismo cineasta que lanzó a Brando), que le dio el protagonista de Al este del Edén. Este filme hizo posible su regreso de Nueva York a Hollywood en la primavera de 1954 y marcó el comienzo de la cuenta atrás de sus últimos 16 meses de vida, que forman parte ya de la leyenda del siglo XX. El mito se forjó con su siguiente trabajo, Rebelde sin causa, a las órdenes de Nicholas Ray, el director de Johnny Guitar.

Aún no había concluido el rodaje de Gigante, su tercera cinta, cuando se mató al volante de su Porche 550 Spyder, al que llamó Pequeño bastardo como guiño a su propia concepción ilegítima. Su papel en el filme era pequeño pero participar en una superproducción como esa suponía un avance en su carrera. No obstante, su comportamiento en el plató fue tan brutal que el influyente director George Stevens juró que no trabajaría más con él y muchos auguraban su final prematuro en la pantalla.

El suyo fue uno de los peores casos de fama mal digerida que se recordaban en la meca del cine. Escupía a los retratos de las estrellas que decoraban la Warner, orinaba en público, no se lavaba y apestaba y solía fingir que perdía al toser el puente que suplía los dientes delanteros que perdió jugando de crío. Una de sus últimas travesuras, poco antes de morir, fue hacerse fotos dentro de un ataúd. "Lo más escalofriante", bromeó ignorando lo pronto que iba a ocupar uno semejante, "es que al cerrarlo, la tapa te aplasta la nariz".




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MensajeTema: Re: JAMES DEAN (POR EL BULEVAR DE LOS SUEÑOS ROTOS)   Mar 15 Abr 2008, 5:32 pm

muy buena informacion, muy completa
se te agradece mucho eimper por eso!!!!!!
es lastimoso q esas cosas sucedan y parece q fueran mentira!!!

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