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 Fred Zinnemann

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MensajeTema: Fred Zinnemann   Lun 02 Jun 2008, 3:02 pm

A la hora señalada (1952) - Fred Zinnemann



Siguiendo el culto de las efemérides, el año nos vale para recordar que hace un siglo que nació Fred Zinnemann (Viena, 1907-1997), autor controvertido de algunas películas “míticas”, destacado también por su actitud social y comprometida en una época difícil, al final de la Edad de Oro de Hollywood de la que formó parte.

Con liderado como el último superviviente de la llamada “generación perdida” y cultivador de un cine social dentro de los márgenes del sistema (por lo general sus películas se estrenaban en al España de Franco a veces con algún que otro corte), una tarea discutida, pero que, a mi parecer, contribuyó a que la gente llana accediera a criterios morales y a ideales de avanzada. Que había aprendido el oficio y que ra capaz de grandes cosas lo demuestran su coherencia básica, el interés del público, el reconocimiento creciente de alunas de sus obras, y también por la Academia: fue nominado hasta en siete ocasiones y logró dos estatuillas como Mejor Director. Así es que, por más que cierta crítica lo consideró academicista y convencional, lo cierto es que se convirtió en un sólido referente de cierto cine clásico de izquierdas.

De origen judío, la trayectoria profesional de Zinnemann, comenzó cuando dejó sus estudios de leyes para trabajar como cameraman. En los años veinte formó parte de la vanguardia germana de la inquieta República de Weimar, actuó como de cámara en la capital parisina y en Berlín (1927-1929), colaborando especialmente con Robert Siodmak, responsable de títulos como El abrazo de la muerte y Forajidos (dos policíacos inmortales con Burt Lancaster). Fred (de Fréderic) emigró a finales de los años veinte a los Estados Unidos, y se integró como documentalista en la Escuela de Nueva York. En México rueda Redes un largometraje para Paul Strand, según dicen las historias, claramente influido por Eisenstein, amén de una veintena de cortos, entre ellos That Mothers Might Live, con el que gana el primer Oscar de su carrera; en 1951 conseguirá otro por su documental Benji, sobre los minusválidos.

A partir de ahí tiene lugar su integración en el cine industrial, y en 1944 lleva a la pantalla una de las novelas antifascista más emblemáticas de todos los tiempos, La séptima cruz, de Anna Seghers, que por cierto acaba de ser reeditada. Protagonizada por un convincente Spencer Tracy, esta película decepciona al lector de la novela, con todo se trata de un de los títulos más combativos del cine antifascista norteamericano, y de las más difundidas (aunque finamente “coloreada”). A continuación, Zinnemann conoce un inesperado éxito comercial con Los ángeles perdidos, que aborda la terrible trama de los niños alemanes desamparados entre las ruinas de la II Guerra Mundial, ofreciendo un punto de vista que, si bien por un lado resulta conmovedor (el cine suele rehuir este tipo de historias), por otro queda a años luz de la Alemania: año cero, de Rosselli que aquí costó lo suyo ver. Ya era un cineasta famoso cuando volvió a tratar los desastres de la guerra con Hombres que nos habla con la misma sensibilidad de los problemas de los paralíticos que tienen que readaptarse al cada día y que contribuyó al lanzamiento de Marlon Brando; y con Teresa, que en su momento pareció como el colmo de película socialmente “atrevida”. Trata de la readaptación de un soldado en la vida civil, pero lo más llamativo fue el personaje del título, Teresa (1951), una muchacha italiana interpretada por Ana Mº Pierangeli, que causó conmoción en el público de la época, y quien, tras una experiencia artística irregular y una vida sentimental complicada (fue novia de James Dean), acabó suicidándose. Por entonces, el nombre de Fred Zinnemann era el de los directores que llamaba la atención del público.

En los dos años siguientes, Zinnemann alcanzará el cenit de su carrera con dos de las películas más famosas de todos los tiempos. La primera es nada menos que Solo ante el peligro (High Noon), un western trágico en el que se percibe claramente una analogía con el clima de la “caza de brujas” presidida por el senador MacCarthy, con el apoyo de toda la derecha norteamericana (resulta simbólica la implicación de algunos futuros presidentes de la nación como Richard Nixon, John F. Kennedy, y del entonces actor Ronald Reagan). Zinnemann negó que está implicación fuese suya, y lo cierto es que el prestigio de esta película es igualmente imputable a otros “actores” comenzando por el guionista Carl Foreman (que sufrió en su carnes la represión), la presencia de un Gay Cooper (cuyo cáncer de duodeno le ayudó para ofrecer la imagen del resistente que se impone a la cobardía y el “desencanto”) que dio lo mejor de sí mismo, la música de Dmitri Tiomkin...el caso es que, más allá de los reparos críticos que ha sufrido, se impone como un modelo narrativo que ha calado en varias generaciones como señalaría acertadamente Pilar Miró en Gary Cooper que estas en los cielos, sobre todo porque lo mejor de la película es su título.

Le siguió De aquí a la eternidad, una adaptación de la novela de James Jones (un escritor bastante interesante, en particular la autobiográfica Como un torrente, uno de los grandes títulos de Vincente Minnelli). En su momento, y desde la perspectiva de un país como éste en el que el mando militar tenía un carácter casi sagrado, la película de Zinnemann pudo verse como fábula crítica sobre la mezquindad de una vida cuartelaría en la que los mandos eran unos cretinos. Trufada de magníficas interpretaciones, conviene recordar que Zinnemann, gran director de actores, impuso a Montgomery Clift, y consiguió que Frank Sinatra se llevara un Oscar el Mejor Actor Secundario, aunque se sabe que su elección fue una imposición de la Mafia como se sugiera abiertamente en la primera entrega de El Padrino. También se llevó un Oscar Donna Red por su papel de “mujer de la vida”, aunque aquí la cosa fue mucho más suave, ya se sabe que se podía pecar pero mencionar el pecado. El encuentro entre Burt Lancaster y Deborah Kerr resultó una auténtica bofetada a las censuras, un momento en la historia del cine que años más tarde homenajearía John Frankenheimer en la magnífica Los temerarios del aire (1969).

A continuación de la insulsa “opereta-western” Oklahoma (que tiene sus partidarios), Zinnemann realizó su aporte a la resistencia antifranquista con Behold a Pale Horse (Y llegó el día de la venganza) que incluso provocó un conflicto entre el gobierno franquista y la Columbia; la mayor conocida por una productora norteamericana. La película estaba basada vagamente en las actividades del “maquis” anarquista Sabater y se convirtió en uno de los títulos prohibidos que los españolitos tenían que ver en Francia. Interpretada por un adecuado Gregory Peck, al final la película hacia una apuesta por una “reconciliación nacional” representada por el cura joven encarnado por Omar Shariff. Antes había rodado la menos ambiciosa, y también menos reconocida fue Tres vidas errantes, sobre uno trashumantes esquiladores de ovejas australianos que viven al día y estiman las pequeñas cosas buenas de la ida, con interpretaciones de lujo de Robert Mitchum (la más apreciada por el actor), Deborah Kerr y Peter Ustinov como protagonistas.

En otro artículo para Kaos (Monjas dudosas en el congo belga), me he referido ampliamente a Historia de una monja, con Audrey Hepburn.

Habría que revisar algunas películas suyas más olvidadas como Un sombrero llano de lluvia como un sombrero lleno de lluvia (1957), una aproximación al drama de la drogadicción que aquí se estrenó tarde y muy cortada, y que tienen sus partidarios. Zinnemann tuvo no pocas similitudes con Otto Preminguer, tanto en el enfoque temático avanzado como en su constante desafío de las normas de la censura. sin embargo Zinnemann supo ofrecer un duro retrato de la realidad social y de las contradicciones norteamericanas, con un estilo directo y una cuidada dirección de actores. Esta revisión tendría que abarcar también la poco conocida Act of Violence (1948), que reunió un elenco compuesto por Van Heflin, Robert Ryan y Janeth Leigh...Apartado de Hollywood, realizó uno de los filmes históricos de sello británico más sólidos de la historia, Un hombre para la eternidad. Adaptación de la obra teatral de Robert Bolt (el guionista de los “colosales” de David Lan), aborda con muchas matizaciones la vida y época de Tomás Moro, el célebre autor de Utopía, una película que merece ser conocida por toda persona interesada en la historia de las ideas.

Le siguió Julia, otra adaptación literaria, esta de una parte de las memorias de Lillian Hellmann, interpretada por Jane Fonda, y que penetra en dos ámbitos complementarios, su relación con Hammet (Jason Robards), y su estrecha amistad con la militante antifascista Vanessa Redgrave, que optará por dejar su vida de comodidades para luchar en la resistencia. Julia contribuyó a la difusión de la obra de Lillian Hellmann, y contó -como de costumbre- con grandes interpretaciones. Llegó a ser una de las películas feministas más populares de su tiempo, y todavía se ve con agrado.

Aunque su adaptación del best-seller del nefasto Frederick Forsythe Chacal desmerece del grueso de su obra, es como cien veces mejor que el irrisorio “remake” de Michael-Caton Jones. Tampoco resulta demasiado recordable el drama montañero con el que despidió del cine, Cinco días, un verano. Sin embargo, no se trata de un filme despreciable ni mucho menos. Es una película de hermosos escenarios suizos con una trama amorosa que a la vez refleja un conflicto generacional, y es mucho mejor que otras muchas de Sean Connery, que aquí está mucho más ajustado que de costumbre. Se le volvió a acusar de monotonía narrativa, pero hay que mirar hacia dentro de los personajes para encontrar una intensidad oculta. Su cine además, tiene la virtud de provocar el debate y la discusión. Ese es mi primer recuerdo de Zinnemann, cuando un reconocido beato local discutía acaloradamente lo “atrevida” que la perecía Teresa...Creo que desde entonces me interesó su cine.

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